XXXI Marcha a Rota

sábado, 13 de noviembre de 2010

POR UNA DESMITIFICACIÓN DE LA DEMOCRACIA-BURGUESA



Un artículo de Andrés Quintero.

La democracia burguesa no es democracia por burguesa sino, bien al contrario, es por esto que históricamente no termina de serlo.


La desmitificación de la democracia-burguesa pasa por poner en un primer plano la contradicción antagónica que históricamente se desarrolla entre democracia y burguesía. Históricamente, es decir, que no sólo estamos ante un problema de especulación teórica y de definiciones, ni de “prejuicio” ideológico. En ese sentido, hay que fijarse efectivamente en cómo la realidad histórica ha evolucionado para concluir que la democracia burguesa no fue la concreción de una aspiración idealista de la burguesía, de algo que se desprendió naturalmente de ella, y que los intelectuales burgueses habrían dado cuerpo teórico para que se aplicase universalmente, sino que fue el resultado de la evolución de la sociedad (y de su revolución), de la lucha de clases contra todas la monarquías y regímenes políticos de la sociedad feudal.


Así, por ejemplo, es en esta lucha de clases diferentes donde hunde sus raíces la idea de la división de poderes; no en una brillante “recomendación” de un tal Monstequieu u otra figura del Siglo de las Luces, ni de los padres de la Independencia de los Estados Unidos. Desde el siglo XVII en Inglaterra y luego, a caballo entre el XVIII y el XIX en Francia, primero la aristocracia y más tarde la propia burguesía fomentan la división de poderes para compensar las conquistas históricas de las “clases inferiores”.


Lo que originariamente conduce al sistema político de la democracia burguesa es una lucha de clases con participación mayoritaria del pueblo no burgués (por ejemplo, les sans culottes [los sin nada] en Francia), y en una época en que la burguesía se constituye en clase política en busca del dominio. Es un proceso muy variado según los países, con más o menos pactos con clases dominantes procedentes del feudalismo; entre otras cosas, por miedo burgués al uso de la libertad por parte de los obreros. Y aunque como se ha señalado, es también un proceso modelado por las conquistas de las clases populares, lo esencial es decir que la burguesía se constituye en clase hegemónica, y que para establecer su dominio no dudará en utilizar sus mecanismos indirectos allí donde haya realizado demasiada concesión o incluso haya pasado a un segundo plano en diferentes aspectos de la dirección política de un país.

La democracia burguesa no es democracia por burguesa sino, bien al contrario, es por esto que históricamente no termina de serlo. Nada de anormal en ello, ya que la predisposición a la democracia política de la burguesía como clase es tanta como la que cultiva y ejerce en sus negocios particulares. Otra cosa es que haya personajes individuales provenientes de la burguesía que efectivamente hayan jugado un rol progresista en la historia.

Por lo demás, es hoy también la lucha entre diferentes sectores de la misma burguesía (incluída, ¡y cómo!, la concurrencia internacional) la que, en gran medida, sigue dando sentido para que a la propia burguesía le interese mantener el juego electoral y la división de poderes, pero ya con contenido muy diferente de cuando pactaba con la aristocracia. Hoy más que nada con quien se disputa el poder real la burguesía es con otra burguesía. En países intermedios y en el escenario de luchas interimperialistas entre potencias, las peleas por el control del poder está en la base del fomento del “juego de partidos”, sobre todo, por aquéllos que tienen posiciones que conquistar.

Por ejemplo, en nuestro país, los alemanes y franceses, desde las postrimerías del franquismo, han venido utilizado al PSOE para disputar mercado e influencia a los norteamericanos - hegemónicos con Franco y que respaldan al PP para su política antieuropea. Y si nos referimos a la “democratización” en América Latina, ésta, además de haber sido impulsada en los 80 - sobre todo, por los imperialistas estadounidenses - como una estrategia contrainsurgente para disputar la base popular a los revolucionarios, ha sido utilizada por intereses imperialistas competidores – sobre todo, europeos - para abrirse camino y desplazar a aquéllos.

Pero por la misma razón de fondo, la misma burguesía que fomentará “la democracia” allí donde quiere arrebatar la hegemonía a otra que domina por el momento, fomentará acullá la restricción de la democracia, cuando no su negación hasta formal, porque ahora vea amenazada su hegemonía. ¿Acaso los detentadores de la marca Liberté, fratenité et egalité no la vienen desde hace tanto tiempo prostituyendo en ese su patio trasero africano, que a duras penas pueden hoy mantener, a base de golpes de estado y de financiación de dictadorzuelos de quita y pon, mientras los americanos se postulan en apadrinar “democratizaciones” y hasta “revoluciones” (región de los Grandes Lagos)?

Como vemos, finalmente este asunto enlaza con la situación internacional. Y es que hoy, si hay algo que caracteriza a la “democracia” es que más que nunca se ha convertido en un arma caprichosa contrarrevolucionaria y/o de disputa interimperialista

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