XXXI Marcha a Rota

domingo, 19 de febrero de 2012

SOBREVIVIENTES DEL INFIERNO EN HONDURAS


Estremecen desgarradores relatos de reos sobrevivientes del infierno

Tegucigalpa.

Las escenas fueron dantescas y el olor a muerte inundó Honduras y estremeció a toda Centro América. Probablemente el saldo final sea de 360 los muertos en el siniestro ocurrido en el penal de Comayagua, en la medianoche del martes y la madrugada del miércoles.
Un total de 353 reos murieron en el penal y llegaron a la morgue de Tegucigalpa. Otros dos fallecieron en el hospital, horas después de ingresar, según informó este jueves el portavoz del Ministerio Público (MP), Melvin Duarte, al dar el balance final de la tragedia.
"Esa es la totalidad traída desde el centro penal. No quedó más allá. Anoche ingresaron 115 cadáveres y luego en la madrugada 238, más dos que fallecieron en el Hospital Escuela, son un total de 355 los ingresados" a la morgue, declaró Duarte.
La 'Granja-penal' (así se llama), era una cárcel modélica. Estaba al doble de su capacidad y durante el incendio nunca llegó "el hombre que tenía las llaves" para abrir las celdas y evitar que los presos murieran asfixiados o carbonizados, agarrados a los barrotes.
Los guardias pensaron que se trataba de una fuga masiva e impidieron durante media hora que bomberos pudieran combatir el incendio que un recluso causó intencionalmente y dejó a por lo menos 356 reos calcinados o asfixiados en el interior de sus celdas, que estaban aseguradas con candados.
Los vigilantes adujeron que cumplían con el protocolo de seguridad en los penales. "Llegamos diez minutos después de que comenzó el incendio en la cárcel, pero no entramos de inmediato porque los guardias lo impidieron", aseguró el jefe de los bomberos de Comayagua, Leonel Silva.
Según el director de los centros penales Danilo Orellana, "los guardias creyeron en un principio que se trataba de una fuga masiva de reos, por eso cumplieron la ley y no permitieron el ingreso de nadie a la cárcel para evitar muertes innecesarias".
Adentro, los reos intentaban desesperadamente salir de las celdas que eran consumidas por el fuego. Conforme avanzaban las pesquisas se fueron sustrayendo cuerpos de entre los fierros retorcidos de las literas en las que dormían los presos.
"La versión que tenemos de las primeras indagaciones es que la persona encargada de llaves simplemente al momento del incendio abandonó el centro penitenciario y dejó tiradas las llaves", expresó el fiscal de Derechos Humanos, Germán Enamorado.
El funcionario indicó que no había el personal adecuado para auxiliar a 852 personas privadas de libertad, apenas contaban con once custodios y no fueron suficientes para evacuar a los reos al momento que solicitaban que les abrieran los candados.
Cada uno de los sobrevivientes, cuenta a su manera la historia salpicada de dolor, consternación y asombro. Todavía no saben cómo se salvaron; todos coinciden en que un milagro los tiene de pie, aunque fracturados y con lesiones causadas por el fuego.
Permanecían recluidos en el presidio de Comayagua por tráfico de droga, asesinato, robo y otros delitos, pero se salvaron de morir con sus compañeros de celda que quedaron calcinados entre los escombros de las celdas de la cárcel en la tragedia más grande de la historia de Honduras que deja más de 300 internos muertos.
Algunos están quemados, fracturados y lesionados; todos aseguran que vivieron un infierno, pero están vivos y agradecidos con Dios por darles una oportunidad.
El llanto de las madres
Bomba de fuego
La bomba de fuego salió del hogar número seis, "después me tiré por una galera, y así logré salvarme", narró un reo sobreviviente, Francisco Aguilar Machuca. Relató que estaban todos tranquilos platicando e incluso "yo estaba comiéndome una tortilla, cuando dijeron nos vamos a quemar". Entonces –continuó– todos llegaron a la puerta de la celda número siete donde se encontraban internas unas 86 personas, pero dijo ignorar cuántas de ellas se salvaron. Aguilar recordó que cuando saltó fuera de la celda, sufrió fracturas en un pie.
"Dios y Marcos, "El Chaparro", nos salvaron la vida, era una gran angustia, porque el fuego avanzaba rápido", relató el reo sobreviviente Ever Nahín López, luego de haber sido dado de alta de un hospital de Comayagua. López expresó que su salida de la bartolina fue una odisea porque las puertas estaban cerradas con grandes candados y los policías no llegaban a pesar de los insistentes gritos de auxilio.
"No se sabe cómo se originó el fuego, pero miramos que el humo negro y las llamas salían de la bartolina seis, pues yo estaba en el módulo tres", señaló. Dijo que ellos le gritaban angustiados a los policías que abrieran los portones para poder salir, sin embrago, agregó que las autoridades hacían caso omiso a sus pedidos.
"Creo que eran como las 11: 00 de la noche cuando iniciaron las llamas, gracias al Señor, porque gracias a Dios estamos vivos", precisó. Expuso que unos reos del módulo tres salieron por el techo y los otros al abrir el candado de la bartolina. "Gracias Diosito lindo y a Marcos "El Chaparro" nos salvamos de morir quemados, fueron momentos de mucha desesperación", relató.
En las afueras del penal de Comayagua, Azucena Guevara yacía casi desmayada; su rostro sudoroso por el inclemente sol aceleraba su angustia, ella gritaba, "bárbaros por qué no abrieron las bartolinas, no sean tan malos del corazón".
Guevara es una de las tantas mujeres que hoy lloran desconsoladamente por la muerte de sus seres queridos en el pavoroso incendio de la granja penal de Comayagua. Tirada en un polvoriento sector de la parte frontal de la prisión, Guevara preguntaba a gritos: "¿por qué los policías no abrieron las bartolinas, por qué, por qué? Ellos pidieron auxilio, pero no les importó, más bien a tiros los agarraron", dijo Guevara, tía de Antonio Ochoa, un privado de libertad quien murió abrazado por las llamas que envolvieron el reclusorio la noche del martes.
Ella pide al presidente de Honduras, Porfirio Lobo Sosa, proceder con todo el peso de la ley contra los policías que prefirieron que los reos se calcinaran antes de abrirles las bartolinas para que salvaran sus vidas.
Algunos cadáveres están totalmente irreconocibles, deshechos por las llamas. "Hay cuerpos que están pegados… Identificar a muchos solo se podría hacer por medio de ADN o de odontología forense", explicó uno de los encargados del traslado de los fallecidos.
Edson tiene el cuerpo tatuado. Él era un pandillero de las temibles Maras. "Me tiré una toalla mojada encima… y me quedé en un rincón. Los demás, mis compañeros, se quemaron" explicó Edson.
"Además de las personas quemadas, que, de hecho, después de más de 12 horas, ya entraron en descomposición, también se quemaron muchas cosas allá dentro. Es la mezcla de la muerte. Esto ha sido un infierno, quizás más grande que el que ilustró Dante en su obra", dijo Edgar Monterrosa, un funcionario del sistema de justicia de Honduras.
Testimonios desgarradores
Las camas del hospital regional Santa Teresa son fieles testigos de los testimonios; fueron ocupadas el miércoles por varios reos que lograron salir con vida de las llamas que cubrieron las celdas donde se encontraban durmiendo. Dinora Mayes, directora del hospital, relata que en su necesidad de salir de las instalaciones de la granja penal, muchos reos se fracturaron piernas, brazos y la columna, además de las quemaduras. "Están fuera de peligro".
Todos los sobrevivientes coinciden en que ya estaban acostados. "Había llamas por todas partes. Solo le pedía a Dios que salvara mi vida", relató Víctor Manuel Sevilla Rosales, de 29 años, originario de Olancho, condenado por asesinato, delito por el que lleva doce años en prisión. Sevilla fue trasladado al hospital de la localidad, donde se recupera de la lesión de tobillo producida por la caída del techo. Las fracturas parecen no dolerle al recordar a sus compañeros muertos.
Dice que eran como las 10.30 de la noche del martes y estaba dormido cuando un compañero de cama los despertó para alertar de lo que estaba ocurriendo. "Miré que el hogar siete estaba agarrando fuego. Yo estaba en frente, en el cuatro, y lo que hicimos fue que rompimos el techo para salir porque la gente se estaba quemando", manifestó Sevilla.
En medio de su consternación, dolor indignación e impotencia, pero sin dejar de agradecerle a Dios por estar con vida, dice que para salvarse, con otros reos empezaron a romper el techo con lo que tenían a mano y cuando lo lograron comenzaron a lanzarse con el único objetivo de salvarse. "No quería quemarme. Luché por salvar mi vida y cuando me tiré me quebré. Dos chavos me llevaron a la guardia. Ahí estaban todos los quemados y quebrados".
El testimonio es desgarrador y no se cansa de darle gracias a Dios. José Enrique Guevara es uno de los dos internos que sobrevivieron en la bartolina 104. A sus 33 años le agradece a Dios a cada instante porque asegura que su vida fue guardada por un milagro. "Estaba en la cama cuando gritaron fuego, escuché gritos y cuando me desperté todo mundo estaba achicharrado. Había mucho humo y no se miraba nada, pero se sentía el olor a carne quemada".
Guevara lleva cinco años de estar recluido, acusado del delito de robo. Las llamas le alcanzaron la espalda y el brazo y además se fracturó el pie izquierdo. Hasta quedó ronco de pedir una y otra vez "auxilio". "Fue triste, muy triste. No había nadie vivo, solo nosotros. Otro reo fue trasladado a Tegucigalpa.
Estábamos en la esquina del portoncito, agachados y gritando y me acordé de mi hija. Entonces dije ‘en el nombre de Dios’ porque ya solo estaba esperando achicharrarme. En ese momento apareció otro reo al que llaman el ‘Chaparro’.
Agarró un banco y reventó el candado. Salí prendido en llamas de la camisa, como loco. Escuchaba los alaridos de la gente. Afuera estaba caliente, parecía un horno. Un muchacho me llevó en el lomo a la guardia y después me llevaron al hospital". Lamenta que en el siniestro muriera su hermano Mario Guevara, de 41 años, que apenas tenía dos meses de estar recluido. Tenía problemas en una rodilla y no podía caminar.
Tufo a carne quemada
El ambiente comenzó a impregnarse de olor a carne quemada. José Lorenzo García, 51, jamás imaginó que viviría la mayor pesadilla de su vida. Estaba en la bartolina tres, acostado y dormido, al igual que la mayoría. García está en prisión desde hace dos años y es originario de Siguatepeque.
Calcinados en su celda
Escuchó que se estaba quemando la bartolina seis, miró las grandes llamas y empezó a sentir el gran tufo a carne quemada. "Ya no aguantábamos. Nos abrieron las bartolinas y salimos. Algunas no se lograron abrir porque ya estaba todo incendiado. Ahora no puedo caminar. Me fracturé los dos pies", dice, mientras su rostro refleja el dolor de sus fracturas, causadas al tirarse del muro para salvarse de las llamas que consumían las celdas. Sus quemaduras son leves.
"Los que murieron en esas celdas son como mis parientes. Me siento mal, como que fue mi familia la que murió. Da pesar lo que sucedió. Lo lamento porque todos éramos compañeros". Relató que cuando iban saliendo la bartolina seis estaba en llamas y había dos en la puerta gritando. García sería sentenciado el mismo día que ocurrió el incendio, pero fue suspendido el juicio. Guarda prisión por tráfico de droga.
Óscar Javier Enríquez, de 27 años, es otro de los sobrevivientes de la tragedia del penal de Comayagua. Llamó a su mamá desde la cama del hospital regional Santa Teresa para decirle que estaba vivo. Al cortar la llamada lloró porque todavía no se explica cómo está aún con vida y lo atribuye a un milagro.
Con el rostro bañado en lágrimas y sollozando relató los minutos de aflicción que vivió mientras luchaba por librarse de las llamas que abrazaban el hogar 10. Los colchones estaban prendidos en llamas. "Al escuchar los gritos de los demás me desperté, abrí la cortina y miré que estaban las llamas en las demás bartolinas. Me tiré de la cama y busqué el portón", expresó Enríquez. Él paga su pena acusado de asesinato y lleva ya 9 años preso.
"Me metí abajo de los demás para no quemarme, pero los que estaban encima de mí sí sufrieron", recuerda. Siente escalofríos cuando recuerda los gritos, lamentos y pedidos de auxilio de sus compañeros, unos prendidos en llamas y otros buscando salvarse. "Le doy gracias a Dios por permitirme estar con vida. Creí que iba a morir. Miré cómo los demás compañeros pedían auxilio. Pero cómo les ayudaba si estaba tratando de salvar mi propia vida. Fue un infierno que no quiero ni recordar".
Mientras dormía, a eso de las 11.10 de la noche, José León, que guardaba prisión en el módulo 5, empezó a escuchar gritos desgarradores. Entre dormido y despierto escuchaba a lo lejos que decían "¡auxilio! ¡Ábrannos las puertas!".
"Los compañeros que se quedaron viendo la televisión nos levantaron a todos y repetían: Fuego, fuego; nos quemamos", recordó. Como estaban cerca del módulo 6, el primero que consumieron las llamas, las aproximadamente 50 personas que había dentro se llenaron de temor y terror.
En su desesperación por salir, unos reos tomaron el primer objeto que encontraron para despegar las láminas y salir por el techo. Muchos lograron sobrevivir así y sufrieron fracturas en las extremidades por la caída desde el techo de las bartolinas.
"Se escuchaba el dolor y la agonía de los compañeros que eran devorados por las llamas", dijo al justificar por qué, con una docena de reos más, desprendieron las vigas de madera para crear un lugar de escape.
"Todos saltamos y algunos hasta se fracturaron, pero era lo único que podíamos hacer para salvar nuestra vida y no ser atrapados en ese infierno". León confirmó que en el hogar seis comenzó el siniestro. León y muchos sobrevivientes le dan gracias a Dios por la nueva oportunidad de vivir y arrepentirse.
Bomberos entraron tarde
El Cuerpo de Bomberos tiene su sede a sólo dos minutos de la Granja Penal de Comayagua, pero tuvo que esperar entre cuatro y seis minutos para entrar a sofocar el incendio que causó la muerte de más de 375 reos, aseguró el jefe de la entidad de socorro, Leonel Silva.
"Aguardamos unos 30 minutos afuera del centro penal, mientras escuchamos disparos. Luego, los guardias nos permitieron el ingreso y comenzamos a apagar las llamas", dijo Silva.
La demora se debió a que los bomberos tuvieron que esperar, en una estación de servicio de combustibles cercana, a que las autoridades del recinto cumplieran con su protocolo para controlar la situación de seguridad y evitar una fuga masiva, explicó Silva. También confirmó que fue "una persona particular" quien avisó a los bomberos del incendio, aunque no les precisó si era en la Granja Penal o en malezas existentes en sus cercanías.
"El promedio anduvo en unos cuatro a seis minutos para poder ingresar nosotros mientras ellos controlaban la situación. Pero el fuego, se sabe, y peor que la edificación es antigua, es voraz", y cuando los bomberos entraron "eso ya estaba totalmente quemado" en un sector de los módulos, mientras que el otro no se vio afectado por las llamas, subrayó Silva.
"El problema es que (las autoridades) de centros penales tienen sus protocolos, como nosotros los bomberos también tenemos los nuestros", y había que esperar a que se cumplieran, argumentó.
Celdas del infierno
Agregó que los bomberos se quedaron en la estación de servicio "porque estaban cerrados los portones (de la Granja Penal) y los impactos de bala se escuchaban", mientras que los guardias intentaban impedir una fuga masiva de reos.
"El protocolo de nosotros (es que) primero tenemos que ver que funcione el protocolo del presidio en cuanto lo que es controlar a los reos. Cuando escuchamos los proyectiles y todo, se estacionaron las unidades para esperar a (ver) dónde sucedía la situación; una vez que ellos ya habían controlado la situación de los reos, entonces nos autorizaron para poder entrar, porque ellos tienen su protocolo y nosotros no podemos violar el protocolo de ellos", reafirmó.
Al entrar al centro penitenciario "nos tardamos un minuto y medio en hacer todo el proceso, pero estamos ensamblando entre cuatro a seis minutos el promedio que manejamos nosotros de estar en la gasolinera estacionados. Esos minutos son vitales, pero nosotros no podemos violar el protocolo de ellos".
En relación a cuánto tiempo pasó entre el inicio del incendio y la llegada de los bomberos, Silva dijo: "Eso no lo podemos medir nosotros, porque no sabemos a qué hora comenzó".
Damaris Cáceres Hernández, quien tenía dos hermanos en el recinto incendiado y dijo desconocer si están vivos o muertos, aseguró que ella vive en las cercanías y que "a las 9.51 de la noche del martes, empezó la quema; los bomberos vinieron a la hora, ¿por qué vinieron a la hora?" se preguntaba.

OTRA HUMANIDAD ES NECESARIA

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