XXXI Marcha a Rota

jueves, 15 de diciembre de 2011

HEMOS LLEGADO A LA MAXIMA NAZI- "ARBEIT MACHT FREI" ?

NOTA :: Parece ser que, poco a poco la máxima nazi, cínicamente expuesta con grandes letreros en los campos de concentración, va tomando consistencia en nuestros días. Bajo el maquiavélico lema de "ARBEIT MACHT FREI", (el trabajo hace libre) se explotaba a los presos de los campos de concetración, desposeyéndolos de cualquier vestigio de identidad humana y  hasta su extenuación y su muerte.

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Arbeit macht frei


Las últimas semanas se han erigido en un torbellino de ingente número de decisiones económicas que, en cierta manera, deben determinar el rumbo de la actual existencia de la Unión Europea. Si queremos ser más fieles con el curso de los acontecimientos, lo que está en peligro no es la relación comercial entre los diferentes países que configuran el marco europeo, sino, más bien, su mercancía de intercambio, expresado en términos de Adam Smith: su moneda, el euro.

A todos los estados miembros de la unión, les interesa seguir con el funcionamiento de la divisa única ya que esa es la mejor forma para competir con los mercados americanos y asiáticos, cuya emergencia cada vez es más notoria. Retornar al franco, peseta o marco significaría un paso atrás en la aspiración de los países europeos, para poder mantener su nivel de competitividad. De ahí que, en último término, ante el miedo al abismo, los pactos, recortes y demás instancias saldrán a flote para determinar el rumbo de los diferentes países que constituyen la zona euro.

No obstante, este rumbo de los acontecimientos nos revelan que todas las decisiones giran en torno a lo económico: cambios de gobierno, políticas, y demás deliberaciones de carácter político-social, están marcados intrínsecamente con la huella de los mercados. A su vez, esto que parece sorprender tanto a la práctica totalidad de analistas, no se yergue en un acontecimiento único de la historia de la humanidad: Imperios, gobiernos, poderes se han visto ninguneados y aniquilados por el fracaso de sus respectivas economías (sólo debemos atender a los últimos días de la dinastía egipcia o, para ser más contemporáneos, de la llegada al poder de Hitler).

Asimismo, en el ámbito de la teoría económica, Marx ya nos decía que todo el funcionamiento social, político, ideológico de una determinada sociedad, se halla determinado por su infraestructura económica (relaciones de producción del conjunto social). De modo que nuestra manera de entender el mundo, de decidir nuestros gobernantes o de gestionar las relaciones intersubjetivas, dependían de la impronta económica, que la relación de producción dominante (capitalista) dejaba sobre estos estamentos. Toda la realidad supersestructural se erguía en ‘ideología’ y, por ende, falsa conciencia, de la autentica realidad (económica), cuya finalidad no era otra que justificar el orden existente.

Como dirá años más tarde Karl Mannheim, la totalidad de nuestra existencia se mueve en los términos de la ideología y, por consiguiente, de una superestructura que tiene la finalidad de ocultar el auténtico funcionamiento de la totalidad de lo real (en nuestro caso, la necesidad que tiene el sistema capitalista de perpetuarse). Que toda nuestra vida transite en el oscuro paraje de la ideología significa que existe un(os)discurso(s) imperante(s) que tienen la finalidad de justificar el orden existe. Y el actual discurso que empieza a circular por Europa es el de aumentemos la productividad y, por ende, trabajar lo máximo posible, para generar la mayor cantidad de mercanciás y, de esta forma, aumentar la competitividad del país. El problema estriba en que tras esa imprecación, se están dejando atrás los derechos adquiridos por los trabajadores, durante largos años de dolorosa batalla (sindical o independiente). Expresado en otros términos, Europa exige que el trabajador sirva y produzca denodadamente para y por el país, empresa o particular, pero se despreocupa de las condiciones en las que se deba materializar dicha producción.

Para ver un caso concreto de este fenómeno dirijamos la mirada a España. Con una tasa de desempleo del 22 por ciento, y con un miedo psicosocial instaurado entre sus ciudadanos ante la probable, eventual o hipotética pérdida de empleo, los empresarios y miembros del gobierno, pueden gestionar sus trabajadores a su antojo y, por ende, imponerles las condiciones que a ellos les interese. Empresas que exigen a sus trabajadores que cambien sus modalidades de contrato, con las consiguientes reducciones salariales y de cotización, gobiernos que impulsan a sus funcionarios a trabajar más por menos cantidad salarial, nos muestran que el trabajador está perdiendo paulatinamente sus derechos.

Se ha instaurado la creencia que trabajar, en los tiempos actuales, es un lujo y, en tanto que tal, deben aceptarse las exhortaciones que dictaminen los responsables del centro de trabajo (sean públicos o privados), sin ninguna posibilidad a réplica, ya que si no es así, sale a la luz esa voz del inconsciente colectivo que asevera que ‘trabajar es una suerte’. Se deben aceptar cualesquier condiciones ya que aquel que goza de una actividad remunerada, es poseedor de un valiosos tesoro, cuya pérdida significaría la degradación de su identidad (se han materializado, desde la década de los sesenta, diversos estudios de corte psicosocial acerca de la infravaloración de los sujetos ante una eventual situación de desempleo) y personalidad. De esta manera, la vieja máxima de los nazis de ‘Arbeit macht frei’ (el trabajo hace libre) cobra una nueva dimensión en esta lógica de productividad radical: El trabajo, por un lado, y la máxima productividad posible, por el otro, son las instancias que nos otorgan nuestro estatuto de seres humanos, con independencia de las condiciones en las que se ejecute. Sólo la labor, en términos de Arendt, tiene un sentido redentor para con el sujeto. Fuera de eso, el individuo, es un ser improductivo y, por ende, inerte.

OTRA HUMANIDAD ES NECESARIA

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