Quisiera comenzar dando las gracias, en nombre de la Asociación Cultural El Bornizo, a todos los asistentes y ponentes, a nuestra asociación hermana Amigos del Barrio de las Albercas, por haber tomado la iniciativa de esta convocatoria, al Ayuntamiento de Don Benito, por su colaboración y su presencia aquí esta noche, y a los trabajadores y trabajadoras de este Centro Educativo, cuya constante y amable cooperación, en esta como en tantas otras iniciativas de la sociedad civil y el tejido asociativo dombenitense, es preciso mencionar y agradecer.
Es importante recordar que este acto se celebra hoy, primero de marzo de 2010, como signo de adhesión de las asociaciones convocantes a la jornada europea de solidaridad con los centenares de personas inmigrantes que, a comienzos de este año, fueron objeto de una brutal oleada de agresiones xenófobas en la localidad de Rosarno, en el sur de Italia. Agresiones entre las que se contaron, conforme a los testimonios recogidos por distintas onG y medios de comunicación, ataques con armas blancas y de fuego, palizas, incendio de viviendas... Quiero en primer lugar, en nombre propio y de mis compañeros de la Asociación Cultural El Bornizo, expresar nuestra indignación ante estas agresiones y nuestra solidaridad con todas sus víctimas.
Pero no podemos reservar nuestra indignación y nuestra solidaridad sólo para esos picos incontrolados de odio y violencia que con cierta periodicidad se están sucediendo en Europa. Hay otras violencias más cotidianas, más discretas, más difusas, que también nos indignan, y que, aunque no generen casi nunca grandes titulares de prensa, constituyen una vasta tragedia a cámara lenta con millones de seres humanos como víctimas. Intelectuales como Gabriele del Grande o Roberto Saviano, asociaciones como Médicos Sin Fronteras, Migraeuropa u Osservatorio Migranti o activistas locales como los sacerdotes católicos Carmelo Ascone o Pino de Masi han venido denunciando, desde mucho antes de que este terrorífico episodio de "limpieza étnica" de Rosarno tuviera lugar, las condiciones de semi-esclavitud a que los inmigrantes viven sometidos en la Calabria italiana ; hace pocos meses la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) publicaba un riguroso y estremecedor informe sobre el trato que reciben las personas recluidas en los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) en el Estado español ; el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ha denunciado las penosas condiciones de vida de los aspirantes al asilo político hacinados en los campamentos de Calais (una cuarta parte de ellos, menores de edad), precisamente cuando los países de la UE están reformando sus legislaciones de asilo exactamente en sentido contrario al recomendado por la propia ACNUR;...
Por desgracia, disponemos de muchos más ejemplos similares de los que el tiempo previsto para esta intervención nos va a permitir siquiera enumerar, y que atañen a la práctica totalidad de los países de la Unión Europea. Ojalá no fuera a estas alturas necesario recordarlo, pero los acontecimientos nos obligan a ello: el estatuto legal de residencia de las personas inmigrantes es una cuestión absolutamente secundaria respecto de aquellos Derechos Humanos de aplicación universal e incondicional de los que son sujetos. Es cierto que existen, de modo absolutamente comprensible y legítimo en democracia, diferentes perspectivas para abordar esta cuestión de los flujos migratorios. Pero no será ni comprensible ni legítima ninguna perspectiva que pretenda ignorar o establecer excepciones al mandato imperativo de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Nuestras leyes sobre inmigración no pueden contravenir la Declaración Universal de los Derechos Humanos del mismo modo que una norma de tráfico no puede contravenir una Constitución. Y si eso ocurre, que ocurre y ocurre constantemente, es que algo muy grave les está sucediendo a nuestros sistemas y valores democráticos . Algo que no puede dejarnos indiferentes, y ante lo que no podamos asentir con pasiva complicidad. A este respecto, propone Juan Goytisolo: "La ayuda a nuestros semejantes libres de toda culpa no es ni puede constituir delito alguno. La solidaridad y el respeto de los derechos humanos no pueden ser delito ni infracción como lo fueron en un pasado difícil de olvidar. La objeción de conciencia a una ley injusta es un derecho inalienable de todo ciudadano" . Y sin duda que, en circunstancias como las presentes, nuestra obligación ética y política, como ciudadanos y ciudadanas de un país de acogida, es ejercer ese derecho.
Walden Bello ha descrito cómo los inmigrantes, y quienes nos solidarizamos con ellos, nos encontramos ante una lucha con dos frentes: "Demandar que se otorgue a los emigrantes plenos derechos en sus países de acogida, y terminar con las políticas neoliberales responsables de haber generado pobreza en sus países de origen, forzándolos a emigrar" Me he referido hasta aquí al primero de estos frentes, y me gustaría referirme también al segundo, aún con la brevedad que nos exige la apretada ronda de intervenciones de esta noche.
Es desafortunadamente frecuente escuchar hablar de "el problema de la inmigración", una fórmula equívoca y malsana que falsea desde un primer momento cualquier debate racional sobre el fenómeno migratorio. Las migraciones son, desde el mismo origen de la aventura humana, uno de los grandes motores históricos de construcción de civilización. Nadie está en ningún sitio desde siempre y nadie es de un sólo sitio, y eso es algo que nosotros deberíamos tener muy presente en Extremadura, una tierra en la que tan a menudo debajo de una piedra cristiana hay una piedra musulmana, y debajo de esta una piedra romana, y debajo de esta una piedra celtíbera, además de una tierra que ha enviado a lo largo de los siglos, como sigue enviando en el presente, a tantos cientos de miles de sus hijos e hijas por las cuatro esquinas del mundo en busca de una fortuna mejor Todos somos inmigrantes, hijos de inmigrantes y padres de inmigrantes. Y preguntarse por las causas de la inmigración es preguntarse por la forma del mundo y por la experiencia de la Humanidad que lo habita.
¿Por qué ahora se han disparado esos flujos migratorios? Desde esa visión envenenada y obtusa que presenta la inmigración como "el problema", el inmigrante empieza a existir cuando, con papeles o sin ellos, pone un pie en nuestra playa o nuestro aeropuerto. Pero, ¿qué mundo hay antes y detrás de su llegada? Un mundo radicalmente desigual en lo económico, en el que cuatro quintas partes de la Humanidad viven por debajo o muy por debajo de los umbrales de la subsistencia mínima garantizada, atenazados por la miseria y bajo la ominosa amenaza del hambre. Un mundo sumamente violento en el que se suceden guerras entre países, guerras civiles o dictaduras que someten a cientos de millones de seres humanos al insoportable imperio de la violencia y el despotismo. Un mundo ecológicamente degradado en el que mares esquilmados, desiertos en expansión o aires contaminados obligan a comunidades humanas enteras a desplazarse para garantizar su supervivencia. Son estos hechos, y no ningún imaginario "efecto llamada", los que provocan las oleadas de refugiados económicos, políticos y climáticos que arriban al Norte en pos de su supervivencia. Y cualquier llamamiento a eso que ahora se ha puesto de moda denominar "una inmigración ordenada" será una falacia, además de una profunda falta de respeto, mientras el 20% más privilegiado del mundo, esto es, nosotros, sigamos expoliando las riquezas del conjunto del planeta, promoviendo guerras atroces y devastando el medio natural en nuestro propio beneficio. ¿Qué objeción podemos poner a que nuestro vecino viva, trabaje, aprenda, rece o duerma en nuestra casa, cuando hemos sido nosotros los que hemos expoliado e incendiado la suya?
"No tenemos afán para ir a las raíces de nada, / pero nos sobra para decorar las consecuencias", escribe el poeta ciudadano Jorge Riechmann. Vayamos por una vez a las raíces. ¿Queremos "ordenar" la inmigración? Empecemos por reducir nuestras cuotas de responsabilidad en aquella desolación de la que la mayoría de los emigrantes contemporáneos vienen huyendo. Pongamos los medios necesarios para que el pescado o el marisco que llegan a nuestra mesa no provengan de la sobreexplotación esquilmante de costas pacíficas o índicas en las que comunidades humanas han vivido tradicionalmente de la pesca; o para que el coltán de nuestros teléfonos móviles no sea el premio de atroces guerras civiles teledirigidas por nuestras multinacionales en el África central; o para que nuestras zapatillas de deporte no hayan sido cosidas por un niño del Sudeste asiático en jornada de 12 o 14 horas y jornal de tres o cuatro euros. ¿De qué "inmigración ordenada" le hablamos nosotros a ese niño que cose nuestras zapatillas? ¡Qué hipocresía tremenda! ¿Es acaso "ordenada" nuestra relación económica, política y medioambiental con él? Mientras esa relación no cambie, mientras el Sur del mundo no goce de la oportunidad de buscar su propio desarrollo y su propia libertad, no habrá muros ni leyes ni policías que puedan frenar las oleadas migratorias. Con leyes más duras, con muros más altos, con policías más expeditivos, infligiremos aún más dolor sobre los desesperados, pero no detendremos su marcha. Porque no podemos hacerlo, y porque no tenemos derecho a hacerlo. Si vienen, y si vienen en esta medida oceánica que ahora tanto parece preocuparnos, es porque nosotros les obligamos a hacerlo, porque apretamos el cañón del hambre o de la guerra contra su nuca.
Propone Saskia Sassen: "Las corrientes migratorias están condicionadas por vastas dinámicas político-económicas. Los países receptores a menudo han contribuido de forma activa a la aparición de corrientes migratorias en sus antiguas colonias. El punto de partida debería ser cómo abordar los perjuicios masivos que hemos causado a los países del sur. La clave de la gestión de la inmigración no está en armar y blindar las fronteras, lo que hasta ahora ha resultado inútil, sino más bien en ayudar realmente al desarrollo intensivo de las personas" [8]. Asumamos nuestras responsabilidades y tomemos las decisiones correctas para que ese desarrollo sea posible. Por ejemplo: cumplir y hacer cumplir los Objetivos del Milenio; cumplir y hacer cumplir el Protocolo de Kyoto; alcanzar y luego ampliar el objetivo mínimo del 0'7% de ayuda al desarrollo; condonar la deuda externa de los países artificialmente empobrecidos por la explotación y la especulación; respetar la soberanía agro-alimentaria de los pueblos; adquirir sus materias primas, su energía, su mano de obra o sus mercancías a precios justos; transferir al Sur conocimiento y tecnología en lugar de armamento y deuda; suprimir instrumentos de injusticia global permanente como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, y sustituirlos por una Declaración Universal y un Tribunal Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Medioambientales... Entre otros, estos serían algunos buenos y firmes pasos en dirección hacia ese otro mundo posible y necesario, más justamente vivido y compartido, en el que las migraciones ya no serían más una huida desesperada, sino un viaje, una aventura, un constante factor de progreso para pueblos y personas, una expresión libre y fecunda del humano, inmemorial instinto de vivir juntos este mundo que tenemos en común.
Jónatham F. Moriche, Vegas Altas del Guadiana, Extremadura Sur, marzo de 2010
jueves, 11 de marzo de 2010
REFLEXIONES SOBRE LA INMIGRACION
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